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lunes, 15 de enero de 2018

Mirarse

Me miras. Te miro
y adivino el infinito
en el fondo de tus ojos tristes.
Te miro y rebusco entre los huecos
escuchando tu silencio y oliendo tu ausencia.
Te miro y aparece una noche eterna y húmeda
que nos envuelve en una caricia
explosiva y ardiente.
Te miro y saboreo tu nombre, lo deletreo, lo mastico.
Te miro y navego entre interrogantes.
Te miro y me agarro a tu aliento
como el náufrago a una tabla maltrecha.
Te miro como si no quedara en el mundo
nada que mirar.
Te miro y muero y resucito en cada beso.
Te miro y me vacío de miedos
y me atrevo a soñarte.
Te miro y esquivo tu mirada y miro para otro lado.

Segundos después, tu dedo en mi espalda.

Me miras. Te miro.
Estoy aquí –susurras-
asustado, confiado y acurrucado
en tu mirada.



Ángela Gutiérrez

sábado, 13 de enero de 2018

El Oratorio de San Lorenzo

Durante una década, desde 1686 a 1696, el artista palermitano, Giacomo Serpotta decoró las paredes de El Oratorio de San Lorenzo con bellos estucos blancos que están considerados como una de las joyas del rococó siciliano. Los oratorios eran lugares privados de reunión. Se situaban junto a las iglesias y  pertenecían a cofradías religiosas de la aristocracia y de la burguesía;  allí celebraban sus reuniones piadosas al margen, muchas veces, de la autoridad eclesiástica. Los decoraban con elegantes estucos y pinturas acomodándolos como si fueran un acogedor salón. Este de San Lorenzo, en pleno centro antiguo de Palermo, se construyó allá por 1569.

El cielo de Palermo luce un azul intenso, limpio de nubes, inmenso. Hace frío callejeando en una tarde de diciembre por las abigarradas y estrechas calles del barrio viejo de la capital siciliana. Es como recorrer un laberinto lleno de sorpresas, de monumentos inesperados. Las librerías y las tiendas de artesanía y souvenirs conviven con las tiendas turcas de ultramarinos  y los bazares hindúes, llenos de falsas piedras preciosas extremadamente brillantes son vecinas de las antiguas tabernas sicilianas. Fachadas ruinosas e interiores majestuosos contribuyen a que en más de una ocasión, cruzar el umbral o el cancel de una iglesia, de una capilla, de un oratorio, nos deje con la boca abierta.

Así me quedé al pisar el suelo de mármoles de mil colores de El oratorio de San Lorenzo. Blanco, blanco inmaculado en su interior, roto tan solo por el claroscuro del Caravaggio que cuelga al fondo, en el altar central.  De los maravillosos estucos que lo decoran destaca la representación de las diez Virtudes repartidas por las paredes de la nave, así como las historias de la vida de San Francisco y del martirio de San Lorenzo que aparece allí, quemándose en la parrilla, observado en la distancia por la Templaza, la Justicia, la Esperanza, la Caridad, la Humildad…La altivez de las Virtudes contrasta con la tristeza de los desnudos y con la fantasía de los amorcillos danzantes que se reparten por todo el conjunto; unos, amantes que se besan tiernamente, otro que hace pompas de jabón, otros que apuntan con sus flechas…

En el centro del altar un enorme lienzo representa la Natividad. Fue la primera obra que Caravaggio realizó durante sus nueve meses de estancia en Sicilia. En ella, San Lorenzo ocupa casi la mitad del lienzo. Vestidos luminosos, ropas ocres que destacan en la oscuridad de la composición.  Los personajes están desprovistos de cualquier halo de santidad, incluso el niño. Solo la presencia del ángel señala la divinidad. La Virgen madre descansa de los dolores del parto, sentada en el suelo, mirando a su hijo dulcemente, aún sin recomponerse ni siquiera las ropas, con el pelo recogido de manera sencilla, descuidada. Un san José inusualmente joven, relajado en la conversación, con las piernas medio desnudas, enseña a su hijo. Las figuras componen casi un círculo que rodea protectoramente al niño, tumbado desnudo sobre unas pajas en el suelo. Es una Natividad  de la humildad, de la pobreza.


Acercarse al altar central es acercarse a la excelencia de Caravaggio, o eso debería ser, porque aquí es como si entráramos en una realidad virtual; hoy, es una reproducción de la Natividad la que cubre el hueco que dejó la obra del genio del Barroco. Una noche lluviosa y desapacible de octubre de 1969, ese enorme lienzo del autor italiano fue robado y aún sigue en paradero desconocido. En el año 2015, la obra fue restituida colocando en su lugar una copia de gran calidad.  Dicen que los secuaces de la Cosa Nostra cortaron el lienzo con una cuchilla de afeitar y se lo llevaron y que al desprenderlo causaron a la obra daños irreparables. Pero en las calles de Palermo que rodean al Oratorio, estrechas y abigarradas, en la barra de la antigua Focacceria San Francesco, los palermitanos cuentan historias;  con ese italiano suyo tan particular, aderezado por las influencias del griego, del español, del provenzal,  cuentan que la pintura estuvo escondida en un establo y que unos cerdos, atraídos por la calidad de la obra, terminaron comiéndosela. Pero cuentan también, por lo bajini,  que el gran capo de la Cosa Nostra, Toto Riina,  usaba el lienzo de Caravaggio como  alfombra en su reuniones. Debió ser parte de la decoración elegante y selecta de su particular oratorio. 


Ángela Gutiérrez

Oratorio de San Lorenzo. Palermo

jueves, 11 de enero de 2018

Nudos en la garganta

Se van deteniendo aquí, en los poros de mi cuerpo,  aquellos dedos tan condenadamente parecidos a la felicidad que me han acariciado por un tiempo, aquellos aromas que nos descubrieron, aquellos besos temblorosos que anidaron en nuestros labios.

Se van atascando aquí, acumulándose en mi garganta,  un buen montón de buenos días,  de hola ¿cómo estás?, de cómo te ha ido el día, de un beso, de hasta luego, de mira esto, de que descanses, de buenas noches, de hasta mañanas…

Eran todos para ti, amor.

Pero has desaparecido tan de repente…

Y ahora ¿qué hago?

¡Qué triste es tener que disimular lo que te grita por dentro mientras te inunda el vacío!


Ángela Gutiérrez

martes, 9 de enero de 2018

El diablo Azotero

Me gustan las azoteas, las atalayas; no es la primera vez que lo digo. Permiten contemplar el mundo desde arriba, distanciándose, mirando el conjunto, pero teniendo los pies en el suelo. Me ha gustado que Francisco J. Fernández-Pro Ledesma, bautice al Diablo Cojuelo con el nombre de Azotero. Y me ha gustado la dilogía porque esa es la naturaleza de este diablillo creado,  allá por el siglo XVII, por Luis Vélez de Guevara y que destapaba el pastelón de Madrid.  En la obra de Vélez de Guevara El Diablo Cojuelo, publicada en 1641, Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, un estudiante de Alcalá perseguido por la justicia, huye de noche por los tejados de Madrid y termina en el estudio de un astrólogo. Allí se encuentra preso en una redoma a un peculiar diablillo  al que libera a cambio de que le ayude a salir de aquel embrollo. Una vez liberado, el Diablo Cojuelo viaja con don Cleofás a la Torre de San Salvador, la atalaya más alta de Madrid. Desde allí, el demonio se dedica a levantar los tejados de la ciudad mostrando al estudiante la vida oculta y privada de los españoles. El escritor astigitano Fernández-Pro reinterpreta y actualiza en su libro Confidencias de un Diablo Cojuelo (2013) al clásico del Barroco.  Así es Azotero, el que deambula y salta de azotea en azotea y el que azota con su verbo y su mirada satírica y burlona los vicios de la humanidad. En el clásico El Diablo Cojuelo, a través de trancos, Luis Vélez de Guevara va describiendo los males que campan a sus anchas por la España del siglo XVII y la trama le sirve para dibujar una sátira de la decadencia del imperio, del desengaño del sueño de la España imperial. Francisco J. Fernández-Pro realiza una versión reducida y actualizada del clásico  y además nos revela  las confidencias que Azotero hizo a don Cleofás no solo poniendo así al alcance del público actual una obra clásica, difícil y compleja sino también enriqueciéndola y recuperando su vigor. En la obra de Vélez de Guevara, el narrador omnisciente, se distancia y compone un relato que adopta una perspectiva externa. Sin embargo, Francisco J. Fernádez-Pro cede la voz al diablillo convirtiéndolo en un  narrador en primera persona que  a vista de pájaro va desgranando cada noche su  visión de la actualidad, centrándose en los vicios humanos y creando la posibilidad de lo maravilloso y lo verosímil al mismo tiempo.

Pero si algo me ha gustado de la obra de Fernández-Pro es su apuesta incondicional por la bondad que se refleja en la transformación del diablillo que se ha vuelto bonachón, afable y travieso; que aprendió las bondades de la risa y de las bromas y que termina por compadecerse de los mortales. Frente al desengaño y la desesperanza propias del Barroco que Luis Vélez de Guevara retrata en su obra, Fernández-Pro apuesta por el anhelo de la bondad, del diálogo amistoso y por la posibilidad de que cada lector sea libre para tejer su propio final.

En las últimas líneas de la obra Confidencias de un diablo Cojuelo, Francisco J. Fernández-Pro expresa su deseo de encontrar en los demonios que lo aguarden, en el caso de que exista el Infierno y de que él asome por allí, una mijita del espíritu bonachón que él ha encontrado en el Cojuelo recuperando así  aquella visión del hombre novedosa, esperanzadora y optimista que Miguel de Cervantes pone en las palabras de Sancho Panza:  Ahora yo tengo para mí que aún en el mesmo infierno ha de haber buena gente.   



Ángela Gutiérrez


lunes, 8 de enero de 2018

domingo, 24 de diciembre de 2017

Feliz Navidad

Cuentan  que Jorge Luis Borges llegó en uno de sus viajes de oídas al desierto egipcio, se agachó con enorme dificultad, tomó un buen puñado de arena, la apretó en su mano y mientras la dejaba caer suavemente,  dijo: Estoy modificando el Sáhara. El escritor argentino, ya anciano y ciego, recorrió como turista medio mundo. Palpaba las paredes de la Alhambra desentrañando los bellos caracteres del árabe, olisqueaba los lugares que visitaba y escuchaba, sobre todo, escuchaba: el sonido de los mares, los crujidos de la nieve, los susurros de los bosques y de las paredes y piedras legendarias que componen las antiguas ciudades en ruinas que sostenían y sostienen nuestra civilización. Viajar de oído, como Borges, ¡debe ser una forma tan completa de viajar…! Prescindir de la vista y de la cámara; callar, caminar callado para retener los sonidos del lugar y de sus gentes; oler, aspirar los aromas de quienes  se cruzan, los humos de los bares y de las plantas y los olores de las brisas y de las aguas de los ríos. Y después, algún rato después, sentarse a descansar y a charlar con los vecinos del lugar y con los camareros que nos sirven un café o una cerveza. Y  mirarlos, escucharlos y olerlos, impregnarnos del tono de sus voces, de la armonía de sus lenguas y de las miradas de los nativos del lugar.

Durante unos años mi Nochebuena ha sonado a rezos árabes que se desparramaban inundando las ciudades. A la misma hora todas y cada una de las mezquitas de El Cairo, con más de veinte millones de habitantes, expandían los versos del Corán en la Nochebuena del año pasado. El anterior,  el rezo se difundía por los minaretes de Estambul y yo lo escuchaba mirando al detalle la maravillosa basílica de Santa Sofía. Años atrás sucedió en las calles de Jerusalén y más atrás aún, entre los colores pálidos y grisáceos de la aridez de Amman. Este año he regresado a las tierras cristianas, al sonido de las campanas que anuncian la Misa del Gallo y a los colores de las luces y los belenes llenos de detalles y musgo. Rodeada de la brisa fría del Mediterráneo, la Nochebuena de este año, huele a Caravaggio y a don Vito Corleone, a los rugidos del Etna y a paseo por las calles de Catania. Sicilia huele a dulces de miel,  a naranjas y a un frío parecido al de mi valle.

Como siempre, como cada veinticuatro de diciembre desde hace unos años, una habitación de hotel. Pienso en algunos mensajes reconfortantes e imagino algunas miradas abrazadoras.   Sobre la mesilla de noche, un ejemplar de Don Quijote de la Mancha; de fondo la música de J. S. Bach, la cantata Comparte tu pan con el hambriento. En mi pensamiento, mi familia; mis hijos, mis padres, mis hermanos y algunos amigos.
¿Deseos? Paz, armonía, sentido del humor, imaginación, canciones, agua, risas, ganas de leer, libros, cerveza, ternura, una mano que me acaricie, un folio en blanco, helados, sandías, besos, un poema, la música, conversaciones, salud, amor, paseos, viajes, vida.

Y aquí, de manera especial, este año conmigo, un verano, 2000 besos y millones risas.

Feliz Navidad.


Ángela Gutiérrez





jueves, 21 de diciembre de 2017

Cazar la luna

En la película Qué bello es vivir, James Stewart que interpreta el papel de George Bayle, le dice a su novia que le va a alcanzar la luna con un lazo, como los cowboys. Años más tarde,  Neil A. Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr, y Michael Collins la cazaron con su lazo en forma de Apolo XI para toda la humanidad.  En el mes de julio de 1969, el mundo esperaba con ansiedad que el Apolo XI se posara sobre la superficie lunar sin incidentes ni contratiempos. Yo no me acuerdo, pero la televisión ha emitido tantas veces la retransmisión que Jesús Hermida hizo en aquel 21 de julio, que parece que la hubiese visto en directo. La secuencia empezó con el lanzamiento y cuatro días después, el hombre caminaba sobre la superficie lunar. Mientras  Armstrong desciende por las escaleras de LEM, la cámara se enciende y el astronauta pronuncia aquellas famosas palabras: It’s one small step for man, one giant leap for mankind (Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad) En Houston el reloj marcaba las 22:56 horas, y más de seiscientos millones de personas de todo el planeta presenciaron la escena del alunizaje del Apolo XI. Durante meses, después del regreso, los protagonistas estuvieron en la primera línea de la información concediendo entrevistas, asistiendo a recepciones oficiales y desfiles y participando en los actos de protocolo de Estado más importantes del momento.

Al mismo tiempo que este espectacular acontecimiento se preparaba y ocurría, al mismo tiempo que la humanidad vibraba con la hazaña, al mismo tiempo que latían de emoción los corazones, alguien se encargó de escribir la tragedia. El dieciocho de julio de 1969, William Safire, que por entonces era redactor de los discursos presidenciales de Richard Nixon, dirigió una carta a H. R. Hadelman, jefe del Gabinete del presidente de los Estados Unidos, enviándole el plan B y un discurso titulado Si ocurriera un desastre en la Luna. Esa carta, recogida en la recopilación de Cartas memorables realizada por Shaun Usher  hace unos años, contiene el discurso que pronunciaría el presidente ante el silencio absoluto y pasmado de un público sobrecogido y repartido por todos los rincones de la Tierra; daba también instrucciones para que el presidente llamara a las futuras viudas, les informara de la tragedia y les diera el más sentido pésame. En la misiva, Safire detallaba que una vez que la NASA diera por terminada la comunicación con los astronautas, un clérigo oficiaría los entierros en alta mar, encomendando sus almas a la más profunda de las profundidades y para concluir la  ceremonia, rezaría un Padrenuestro.

Ya sabemos que no hizo falta nada de esto; ya sabemos que fue un éxito la expedición; ya sabemos que el destino, la ciencia, el azar y la pericia hicieron posible que se cazara la Luna, ya sabemos que alguien podría contarnos qué se sueña posado sobre el Mar de la tranquilidad, pero habría también que reconocer la destreza de Safire que fue capaz de imaginarse cómo el viento silencioso  de la Luna inundaba  la superficie terrestre contando una tragedia que nunca ocurrió.



Ángela Gutiérrez